¿Por qué llevar La vorágine a novela gráfica?

En Colombia los índices de lectura son bajos y seguirán siéndolo, aparentemente, debido a que no hay cultura del libro, no hay cultura de lectura ni hábitos del mismo en la población, especialmente, juvenil, estudiantil. Esa es la máxima con la que nos han hecho creer que no se lee en nuestro país. Cierto. Pero no del todo.

En el país no se lee, al menos en el sector educativo, en la época del colegio, porque los textos que se asignan para este ejercicio vital para sobrevivir en un mundo que nos atosiga con el aceptado bombardeo audiovisual y radial de propaganda y situaciones irrelevantes, son para nuestros jóvenes, algo así como de otro planeta.

Su lenguaje, sus descripciones, su estructura narrativa, su diégesis en sí, les parece sacada de las cavernas. Y es que en parte lo es. Los textos que aún se asignan para lectura en la mayoría de establecimientos educativos son del XVII, XVIII, XIX. Escasamente del XX y lo que lleva el XXI.

Textos como El Cantar del Mío Cid, El libro del buen amor, La Celestina, Fuenteovejuna, novelas fundacionales en su época dorada y en su territorio necesitado de rutilar de alguna forma para ese entonces, ya son caducas para una población que ve el universo de esas páginas como un alienígena contemporáneo vería el modus vivendi de un terrícola en la edad media: obsoleto.

Aclaro que los libros mencionados y toda esa égida a la que he hecho referencia goza y gozará por siempre de su valor artístico, literario, no la estoy menospreciando en absoluto, solo que, pienso, es necesario hacer algún tipo de traducción, de transliteración de esas historias para nuestros lectores de hoy, del siglo XXI, avasallados por la creciente avanzada tecnológica, en donde, ¿para qué leer un libro si una película me brinda más espectáculo, altera más mis sentidos sin tener que pasar mis ojos por líneas y líneas que me hablan de situaciones que pasaron hace siglos y son totalmente ajenas a mi realidad actual?

Así piensan nuestros jóvenes, nuestros escolares de hoy, en Colombia, para no irnos más lejos. Por eso, sabiendo que en la lectura está la clave del conocimiento y eso no lo podrá cambiar ni la pantalla más avanzada en material LCD o plasma, se necesita que los textos se acomoden a la realidad, al ambiente que se está viviendo en la actualidad. Piglia decía algo así como que los libros hay que reescribirlos para que las nuevas generaciones los aprecien, los disfruten; el lenguaje cambia, muta, se altera, al igual que la sociedad y la cultura, ¿por qué empeñarse en dejar que textos valiosos se queden sepultados en un pasado anacrónico, cuando se pueden rehacer y rescatar para nuestros lectores actuales y futuros?

Hablemos del Quijote de la Mancha, para citar el ejemplo más claro de lo que trato de plantear, ya hablaré de lo que propongo en el título de manera específica. Al Quijote lo han traducido a todos los idiomas y le han hecho no sé cuántas ediciones, reformadas, localistas, parcializadas, acomodadas, viciadas, etc., es decir, lo han adaptado cualquier cantidad de veces para que los diversos estratos sociales, edades, culturas, puedan apreciar y conozcan las maravillosas historias que nos cuenta don Miguel de Cervantes Saavedra en su texto del siglo XVII. Con ese texto se ha sido consciente de que es necesario modificar el texto de manera que no se muera y con eso se prive a la humanidad de apreciar ese arte magnífico, piedra angular de la literatura hispana de todos los tiempos. Se han hecho versiones para niños, adolescentes, principiantes, expertos, etc. pero del resto se ha modificado al Quijote de manera tal, que no existe sujeto en el mundo que no haya escuchado siquiera hablar o nombrar a Don Quijote, Sancho Panza, Dulcinea o que no se sepa el concebido capítulo de los molinos de viento. ¿Cómo se logró eso? Adaptando la diégesis primigenia al cambio del mundo. No al revés.

En Colombia, los estudiantes están empezando a leer todas las historias que importamos de Europa, la saga de Harry Potter, Crepúsculo, Los juegos del hambre; y éstas se han tomado por completo las librerías del país, la sección de literatura juvenil; mientras que los estantes de literatura clásica, colombiana, miran con envidia, cómo los jóvenes se llevan sus sagas casi interminables (¿en cuál va Harry Potter, la vigesimosegunda parte?) mientras que a ellos no los voltean a mirar ni por casualidad, como si tuvieran un sensor de libros caducos, viejos, para momias.

Pero se ha rescatado el formato cómic y con él el renacer de esos libros buenísimos que sabemos los jóvenes de hoy necesitan leer y no echar en el olvido. Ese formato, perdido en nuestro país por cuestiones de impuestos, hoy reaparece y con toda la fuerza para cautivar la atención de los jóvenes y viejos también. Hay muchos adultos y personas mayores que no leen, eso casi no se tiene en cuenta en las estadísticas, solo las dedican a los jóvenes, no más, satanizando su envidiable posición.

Es ese formato el que debemos aprovechar para hacer leer a la gente y el que debemos usar para rescatar grandes obras que han sido echadas al olvido totalmente, como es el caso de La vorágine, de José Eustasio Rivera.

Nacido en Rivera, Huila (antes San Mateo) tuvo la visión de escribir una obra en la que se denunciaría la esclavitud a la que se habían sometido a los colombianos que vivían en los llanos orientales, límites con Venezuela y Perú. Realidad conocida por él mismo cuando su época de político y secretario de la comisión limítrofe, y que no le iba a dejar en paz hasta hacer algo que llamara la atención de las autoridades colombianas. Y vaya sí lo hizo, escribió la obra que para los que conocemos de la literatura colombiana, sabemos que es, después de Cien años de soledad, la novela fundacional de Colombia en el siglo XX. Así de claro.

La vorágine (tremendo nombre) está escrita bajo el más estricto cuidado y toque modernista de la época. La historia del complejo personaje Arturo Cova y la ingenua pero aguerrida Alicia, nos arroja hacia una realidad geográfica y social que el 90 % de los colombianos ignoran, aún hoy. Como lo dijo el mismo autor, la novela no es más que una denuncia de ciento y pico de páginas sobre la situación de esclavitud a la que se llevó a muchos connacionales en las caucherías de la época, por parte de la temible casa peruana Arana, que mató y esclavizó a no sé cuántos indígenas colombianos.

Su lenguaje poético impecable, su vocabulario excelso, elevado, hacen de La vorágine, una novela hermosa, una historia que hace difícil creer porque los hechos que se narran sucedieron en la realidad. La historia, en primera versión, le fue contada a José Eustasio Rivera por Luis Franco Zapata, un manizalita quien conoció a José Eustasio Rivera en Orocué, en 1918, en donde se estableció tras huir de Bogotá con la joven Alicia Hernández.

Pero es precisamente ese bello lenguaje parnasiano, modernista, naturalista, el que hizo que La vorágine fuera encumbrada por la crítica como “La gran novela fundacional de la selva latinoamericana”, el que hace que hoy, las nuevas generaciones no la lean. Uso excesivo de anacronismos, metáforas casi inexpugnables (por un joven hoy a quien poco le interesa saber qué es una metáfora o una alegoría) hacen que la novela leída hoy carezca de interés, de valor.

Por eso, es una de las mejores ideas llevar este texto a formato de novela gráfica. ¿Cómo sería una Vorágine llena de imágenes de la selva ignota, de la majestuosidad geográfica de los llanos orientales, del paraíso selvático en los límites con Venezuela, el Vaupés, el Caquetá?

Hay que rescatar esta novela, trasladando ese vocabulario parnasiano por uno que sea cercano a las generaciones de hoy, sin irrespetar ni pisotear la idea original del escritor colombiano, fallecido a tan temprana edad, para infortunio de nuestra cultura. Hay que darle una ilustración que ponga en imágenes las descripciones perfectas que nos brinda el autor sobre nuestro territorio poco conocido. Hay que ver a La vorágine como novela gráfica para que Colombia no olvide una vez más su pasado y no deje de admirar una de las joyas de la literatura latinoamericana.

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