
Esta nueva Vorágine, espero, abrirá caminos para los clásicos de la literatura aprovechando las posibilidades de la imagen y la edición. No se trata de preferir una versión u otra ni de dejar de leer la novela original, sino de dar la oportunidad para que La vorágine se reinvente, se convierta en otra obra y, al mismo tiempo, provoque ir a mirar la “costilla” de la que se ha desprendido.
Este es el viaje, casi épico, de Arturo Cova (un héroe vil, si me permiten el oxímoron) desde que se escapa con Alicia hasta que se adentra en la enmarañada naturaleza para recuperar a su compañera. Es un hombre en busca de su destino, un fugitivo y a la vez un perseguidor. En el nudo de esta aventura nos encontramos con el inquietante escenario de los caucheros en los Llanos Orientales y cómo la selva devora y trastorna a los seres humanos, pero no por su fuerza natural, sino porque ellos mismos la han transformado: “¿Quién puede librar al hombre de sus propios remordimientos?”.
Si bien Rivera era un maestro de la descripción poética de la naturaleza, me llama la atención que, con la tinta de Jiménez, podemos realmente ver la espesura de la selva o sus labios de mujer mientras Cova le habla. Gracias a este trabajo artístico, en llave con la habilidad narrativa de Pantoja, una sola ilustración tiene la capacidad de mostrar dos situaciones de forma simultánea. Por ejemplo, los caballos galopando sobre el cuerpo de Covo hablan del hombre que espera y, al tiempo, de lo que ha de llegar. La imagen no repite lo descrito, sino que es un complemento que también está relatando algo.
Además de lo natural, se irán dibujando escenas de la cultura llanera, como un potro que se resiste a ser domado, los rezos de un indio, el azar, las tribus y sus ritos, el río, la toma de yagé y sus alucinaciones. Nos encontraremos también con una cuestión social tan vigente ahora como hace cien años: “Funes (el coronel) es un sistema, un estado del alma, es la sed de oro, es la envidia sórdida. Muchos son Funes, aunque lleve uno solo el nombre fatídico”.
Rivera fue uno de los grandes poetas de su tiempo y merece que, entre viñetas o entre párrafos, alguien nos siga susurrando sus versos así: “aunque recibiera el calor de su sangre y sintiera su respiración cerca de mi hombro, me hallaba tan lejos de ella como la última constelación del universo”.
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